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sábado, enero 31, 2026

    San Petersburgo, entre el encanto y el deleite patrimonial

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    San Petersburgo, 7 Nov (Notimex-Telesur).- San Petersburgo, la llamada Venecia del norte por sus canales y riachuelos atados por el majestuoso río Neva, es una urbe hecha para el andar suave, para deleitarse a cada paso con los encantos de su pasado y su presente.

    Nada mejor que echar a caminar por la Avenida Nevski, desde la estación ferroviaria de Moscú (Moskovski Vokzal), hacia las orillas del Neva, allí donde 312 años atrás el emperador Pedro I o Pedro el Grande encabezó su acto fundacional un 16 de mayo.

    Casi cierra el otoño y la ciudad vibra bajo una lluvia pertinaz, fina y fría, que para nada obstaculiza la habitual concurrencia de citadinos y foráneos en la principal arteria vial de la urbe.

    Paso a paso, se redescubren los sitios aristocráticos o comunes que nos legaron en sus obras Alexander Pushkin, Nikolai Gogol o Fiodor Dostoievski, quienes, posiblemente, jamás pensaron que muchos irían tras las huellas de Raskolnikov o los desvelos amorosos de Eugenio Oneguin por la bella Tatiana.

    Así avanzando por Nevski, se presenta el casco histórico que mereció en 1990 ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: una suerte de estilos diversos desde clasicismo más occidental hasta el romanticismo del siglo XIX, el bien llamado siglo dorado del arte y la literatura rusa.

    El paso sobre los canales vinculan la historia más lejana con el disfrute de lo más actual de San Petersburgo, un vínculo que tiene su clímax en el canal de Griboyédov, flanqueado entre otras joyas, por la Catedral de Nuestra Señora de Kazán y la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

    Aquí más que vibrar, se vive la historia: el puente Kokushkin, a un tiro de piedra de la casa de la vieja prestamista que Raskólnikov mata, o el de Voznesenski, donde bajo las ruedas de una carreta muere el funcionario Marmeládov, en completa embriaguez. Es “Crimen y Castigo” en pleno siglo XXI.

    Si el deleite fuese poco, la avenida Nevski conduce a la segunda estación de metro más profunda del planeta, inaugurada en 2011: Admiralteyvskaya, a 102 m de la superficie y 125 metros de escaleras mecánicas. Solo le supera la estación Arsenalnaya, de Kiev, construida en tiempos soviéticos.

    El mérito no es sólo por su profundidad, sino por la mezcla sutil de modernidad de dicho medio de transporte con el estilo patrimonial de su arquitectura interior, rematada en su tope con el mosaico “La fundación del Almirantazgo por Pedro el Grande”.

    Y ya que mencionamos a Pedro, el zar Primero, el Grande, no puede faltar ver su estatua y monumento como fundador de la urbe, junto a las orillas del Neva.

    El Jinete de Bronce, como también se le llama, es una escultura ecuestre hecha en bronce por Étienne-Maurice Falconet. Se yergue sobre un bloque conocido como Piedra de Trueno, de la cual se dice que es la roca más grande que ha movido el hombre.

    En efecto, la roca no sólo es enorme, sino que fue transportada seis kilómetros hasta la orilla del Neva, gracias a la fuerza de cientos de hombres, que no se valieron ni de animales ni de máquinas.

    El caballo luce encabritado, mientras el Zar-jinete, sin espada, alza su mano hacia la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, al otro lado del Neva, en gesto que parece designar la nueva capital del imperio y marcar un nuevo camino a su pueblo, no en pose guerrera, sino como legislador y civilizador.

    Muy cerca concluye este paseo histórico por la que fuera capital del Imperio Ruso durante más de 200 años: la Plaza de los Decembristas, el edificio del Almirantazgo y el Museo del Hermitage, precisamente donde concluye o comienza la gran avenida Nevski, nuestra guía para disfrutar de San Petersburgo.

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