ORACIÓN POR MÉXICO
por Jorge Fernández Tovar
Hoy, Jueves 29 de Enero
Relato: La Geografía de los Tres Linajes
(Observación desde la lente invisible)

Desde mi escondite de vidrio y silencio, los miro. No soy un hombre, soy este ojo que devora la luz y la detiene antes de que se haga olvido. El aire huele a pino mojado, a esa resina amarga que es la sangre de estos árboles gigantescos que nos cercan como dioses mudos. Hay un estanque verde, una cuenca de agua dormida que parece hecha de tiempo estancado, y en su orilla, la trinidad de la carne se ha detenido frente al abismo.
Allí está el pequeño, ese racimo de harina y sueño que es el hijo del hijo. Es una pupila nueva abierta al mundo, un pequeño animalito de lana clara que no conoce el nombre del frío ni el peso de la muerte. Lo veo apretado contra el pecho del viejo, como una semilla que se refugia en la cáscara antes de la tormenta. Sus manos son apenas un asomo de dedos, una promesa de tacto, y sus ojos —¡oh, esos ojos de agua limpia!— están clavados en el hilo que hiende la superficie del lago. Él no pesca peces; él está pescando el mundo, está aprendiendo el lenguaje de la espera, ese idioma terrible que los hombres olvidamos entre los edificios. Él es el alba, todavía sin manchas, todavía sin el salitre de las lágrimas.
Debajo de él, sosteniéndolo como una raíz antigua que se niega a soltar la tierra, está el abuelo. ¡Qué hombre de madera y de inviernos! Su rostro es un mapa de surcos profundos, como la corteza del roble que ha aguantado todos los vendavales. Sus manos, oscurecidas por el sol y el trabajo, son dos nidos donde descansa la fragilidad del niño. Lo veo arrodillado, con la paciencia de las piedras que han estado allí desde el principio de la creación. No hay prisa en su cuerpo de azul oscuro. Hay un silencio de campana vieja en su postura. Él sabe que la vida es esto: ser el suelo para que otro camine, ser el muro para que otro no caiga. Sus ojos miran el agua con una sabiduría cansada, reconociendo en el fondo verde todos los naufragios y todas las victorias que el pequeño aún no imagina.
Y un poco más atrás, en esa zona de sombra y cuero, el padre se inclina. Es el hombre en su mediodía, el puente que cruza de la raíz a la semilla. Su chaqueta de cuero tiene el brillo de la piel de una bestia que ha sido domada por la ciudad, pero su posición de acecho lo devuelve a lo salvaje. Hay una mano suya que busca la espalda del abuelo, un roce que es un cable de sangre, una confirmación de que la cadena no se ha roto. Él es la vigilancia, el fuego que arde entre dos noches. Su mirada es una flecha de orgullo y de miedo, porque sabe que él es ahora el responsable de que este momento no se disuelva como la espuma. Es el guardián de la herencia, el que traduce el silencio del abuelo al asombro del hijo.
Juntos, los tres forman una sola montaña de carne y memoria. Interactúan sin tocarse las lenguas, solo con los hombros, con el peso de la gravedad compartida. Son un solo animal de tres tiempos: el ayer, el ahora y el mañana, bebiendo de la misma orilla de agua amarga. Hay una ternura de acero en la forma en que el aire los envuelve. Se ignoran y se necesitan con la ferocidad de los astros. El niño es el centro, el imán que atrae los siglos de los otros dos hacia ese pequeño punto de luz en el agua.
El entorno los devora y los exalta. El bosque de coníferas es un ejército de lanzas verdes que los protege de la nada. El suelo de piedra, rugoso y indiferente, es el altar donde han venido a sacrificar su tiempo. Y el estanque… ese ojo ciego de la tierra que solo devuelve el reflejo de sus sombras. Nada en el universo parece importar más que esa línea fluorescente, ese rayo verde que une la mano del viejo con el fondo del misterio. El mundo afuera puede estar ardiendo en guerras y en metales, pero aquí, bajo la mirada de mis lentes, la vida se ha detenido a enseñarle a un niño cómo se sostiene la esperanza de un anzuelo.
Ocupan su lugar en el cosmos con una naturalidad que duele. No son extraños en la naturaleza; son su última y más alta expresión. Son la prueba de que el amor no es una palabra, sino este gesto de arrodillarse sobre la piedra fría para que un hijo vea cómo el agua se mueve. Son el triunfo de la sangre sobre el olvido. Y yo, el observador invisible, siento que mi cámara se llena de sal y de musgo, porque he capturado no a tres hombres, sino al hombre mismo en su eterna y desesperada canción de amor por la vida que continúa, a pesar de todo, a pesar de nosotros.



















